06 marzo 2012

Astenia primaveral, smartphones, Nevaditos Reglero y un soneto inconcluso

Esta mañana me preguntaba un amigo qué es lo que me sucede. Hace tiempo que no escribo en el blog y no respondo a los correos electrónicos como no sea un asunto serio. No me prodigo demasiado últimamente y, la verdad, tampoco sé muy bien por qué.

Sigo haciendo mis abluciones diarias, medito regularmente, leo el periódico, comento las noticias con los amigos y los compañeros de trabajo, sigo fumando, sigo tomando café, sigo haciendo algo de ejercicio todos los días, incluso disfruto del triple de sexo que el año pasado (nada de nada de nada)... Entonces, ¿qué demonios está pasando? ¿Por qué no tengo ganas ninguna de escribir?

Esto merece un breve análisis, porque si lo hago en profundidad, debería cobraros la sesión y no están los tiempos para según qué alegrías.

Bueno... Una de las primeras explicaciones que se me ocurren es la consabida y siempre socorrida astenia primaveral, que, como todo el mundo sabe, es ese estado de gracia en el que todo te toca los mismos. Es decir, es un estado mental, provocado por la llegada de la primavera, donde por resbalar, te resbalan hasta las gotas del rocío mañanero, oiga.

Pero no. No debe ser la astenia, porque a mí, lo que se dice resbalar, como que no me resbalan muchas cosas. Más bien al contrario. Ésta no vale. Una menos.

Otra de las posibles explicaciones a mi aparente falta de interés por contaros lo que acontece a diario podría ser que hace poco más de una semana me he comprado un smartphone, o teléfono inteligente, o, como yo le llamo cariñosamente, un wasssap.

A ver... El tema del wasssap es delicado. Yo era un hombre feliz, con mi Sony, un pedazo de teléfono que además era una maravilla como reproductor MP3 y radio. Son muchos los kilómetros que llevamos este viejo compañero y yo andados juntos. Uno de mis pasatiempos favoritos era pasear tranquilamente por las tardes-noches mientras escuchaba música o la radio con mis auriculares puestos. Una forma de relajarse. Una actividad que me descarga de ansiedad y ha evitado más de una vez que le partiera los morros a algún individuo malhalado. Una relación larga y productiva.

Si os dais cuenta hablo en pasado. Desde que me compré (me regalaron, más bien) el wasssap, eso se acabó. El Sony sigue en perfecto estado de salud, pero está aparcado en la mesilla de noche. Triste final para un compañero fiel de fatigas, venturas y desventuras, viejo amigo que ha soportado mis penas y ha sido cómplice de mis alegrías, sin inmutarse en los últimos cuatro años.

El wasssap sí que puede ser una de las razones de mi desgana (id apuntando). Desde que me hice con él, este invento del maligno no ha sido más que una fuente de inquietud, preocupaciones, desasosiego y estrés. Me ha mandado al pairo el estado Zen y me ha descolocado todos los Chakras. Este puñetero aparatito tiene vida propia, y es fuente de múltiples distracciones, cabreos, y follones, aunque también, por qué no decirlo, algún que otro momento divertido y curioso, como cuando descubrí que estaba perfectamente geolocalizado en... Canadá, con lo que me jode a mí que me geolocalicen.

Y lo vamos a dejar ahí, porque el wasssap merece una atención especial, un estudio en profundidad. Si he cambiado de móvil ha sido casi por obligación. Por mi trabajo necesito estar a la última en tecnología, y el mundo Android era un desconocido para mí. Bien. Pues cuanto más lo conozco, más lo odio. Sobre todo por la dependencia que causan unos artefactos perfectamente preparados para el "always connected", quieras o no, y para generar unas necesidades que la mayoría de los mortales no tenemos. Eso sí, los "pollos cabreaos" son simpáticos.

Disperso, distraído, y un tanto perdido como en un poema de Whitman. Cabreado como una mona de Gibraltar porque intentan convencernos de que hay que vivir más relacionados, más informados, más deprisa de lo que debemos.

Lo que da pie a la siguiente razón de mi aparente tedio o hastío. Vamos concretando ya...

El hartazgo. Hartazgo de las noticias con que los medios de comunicación nos bombardean a diario. Hastiado de no escuchar más que problemas, estupideces, mentiras y realidades "maquilladas" para preparar el caldo, para que nos vayamos haciendo a la idea de la que se nos avecina. Esta campaña de concienciación social, de adoctrinamiento colectivo, sí que me irrita y me indigna. Sobre todo porque, siendo personas inteligentes como somos, nos dejamos arrastrar hasta un estado de pesimismo, un estado previo a la resignación. Pero eso, queridos, también es para hablarlo más lentamente.

Apuntad pues: el wasssap, las prisas, el estrés, el cabreo, la indignación y el hartazgo.
Apuntad también el trabajo. Del trabajo no voy a hablar, pero apuntadlo.

Y así, como el que no quiere la cosa, y hasta donde puedo leer, como decían en televisión, porque es evidente que no soy amigo de contarle al mundo mundial todo lo que acontece en mi vida privada, hemos llegado a determinar que éste que suscribe, harto, cabreado, disperso, distraído y un tanto hasta el retículo endoplasmático rugoso, por qué no decirlo, de lo que ve alrededor a diario, no tiene muchas ganas de escribir, ni de buscar cosas en Internet, ni de devolver a los amigos los correos electrónicos, ni de canturreos, ni de Facebook (coño, apuntad: el Twitter, el Facebook y sus tribulaciones).

Lo que sí hago es el firme propósito de no seguir dejándome llevar por esta desidia y retomar, poco a poco, las ganas de contaros aquellas cosas que por curiosas o interesantes, deban ser contadas.

No me vaya a pasar como a un tipo cualquiera, al que aprecio de veras, que sin más, decide dedicarle un soneto a un Nevadito Reglero, idea interesante y afortunada donde las haya, y se queda en la primera estrofa (será pérfido el muy... que nos ha dejado con las ganas de verlo codeándose con Don Francisco o Don Lope...). Queda el guante lanzado, y de no recogerse, no quedará por menos que batirnos, ¡vive Dios!

A la vida hay que echarle huevos. Y al Nevadito lo que es del Nevadito.
Primero el soneto y luego el diente.

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