07 septiembre 2011

Harto, estoy harto...

Siempre recordamos a nuestros profesores. Algunos como a dolores insufribles con los que no tuvimos más remedio que lidiar. A otros como fuente de sabiduría y conocimiento a los que estaremos agradecidos eternamente. Pero siempre hay uno, uno solo, que recodamos de forma especial. Del que tenemos un cariñoso sentimiento. Algo que te marca desde niño y que luego, de adulto, recuerdas entrañablemente.

En mi caso, ese profesor se llamaba Don Antonio, y valga esta humilde misiva como homenaje.
Con ese carácter peculiar, con esa mirada de desdén a las mentes poco formadas, era y es, sin embargo, uan de las personas más inteligentes que he conocido y un ávido lector. Profesor de Lengua y Literatura de profesión y cazador de faltas de ortografía por vocación.

Aún lo recuerdo, sentado en la mesa, con el rotulador rojo entre los dientes (curiosa costumbre), leyendo algún libro. Cuando localizaba alguna falta de ortografía, o de sintaxis, se le iluminaban los ojos, y, ni corto ni perezoso, descorchaba (o así me lo parecía a mí, por las ganas que le ponía y el sonido que escuchábamos) el rotulador y marcaba en rojo la falta, o anotaba algo al margen del libro. Luego se echaba hacia atrás y contemplaba su obra con el aire de satisfacción del cazador que ha cobrado su presa.

Así era Don Antonio, inflexible en cuanto a la ortografía. Podías meter la pata al analizar sintácticamente una frase, o equivocarte al identificar el autor de un libro. Eso era pecado venial. Lo que no te perdonaba era que tuvieses faltas de ortografía. Eso era poco menos que una herejía.

Pero yo lo recuerdo con ese especial cariño porque conmigo tuvo, digamos, un detalle que me marcó.
Perpetramos un examen de lengua. De los de antes. De dictado, comprensión lectora, análisis morfológico y sintáctico, sinónimos y antónimos. Al día siguiente, Don Antonio entró en clase como una furia, me miró y vino hacia mi mesa. Puso las manos sobre mi pupitre y me espetó, a voz en grito:

- ¡¡¡Harto, estoy harto de ver “harto” sin hache!!! ¿Pero qué has hecho, chaval? ¡Tenías un nueve, pero sólo por esa falta te pongo un cinco, idiota!

En aquella época (recordad, tengo 25 y unos meses) un profesor podía llamar idiota a un alumno sin que los padres montaran en cólera, el crío acabara viendo a un psicólogo, se le montara un juicio en el Consejo Escolar y el director del colegio acabara dando explicaciones en Sálvame de Luxe, después, claro, de haber apartado al profesor de las aulas, por evidente incompetencia e incapacidad, durante un par de años, mientras era "demonizado" por diferentes platós de televisión y se le descubría un pasado judeo-masón con guiños leninistas.

Y es que así empezaba el dictado: “Harto, estoy harto…”. Del resto no me acuerdo. Ni falta que me hace.

Yo había puesto, todo ufano, “arto”, sin hache. Fue suficiente (bastó, que diría otra profesora mía) que Don Antonio tocara el orgullo de un chico de quince años para que espabilara y convirtiera la ortografía en mi particular cruzada. Desde entonces y hasta ahora, considero más que una virtud un deber escribir correctamente. Y me llevan los demonios cuando veo a mi sobrina o a mi hijo utilizar emoticonos, palitos y signos extraños, acrónimos imposibles, “xq” en lugar de “porque” y otras sandeces. Y no soporto ver una palabra mal acentuada o con alguna falta de ortografía. A mí también se me escapan. Soy casi perfecto, pero no tanto. Y siempre he procurado escribir como a lo largo de los años me enseñó Don Antonio. Unas veces se consigue y otras no.

Luego fui yo el que se hizo maestro, pero eso es otra historia… Ahora ya no trabajo en la enseñanza.

En los últimos días se ha estado vilipendiando la labor de los maestros y profesores. Antes les tocó a los “vagos” de los funcionarios. Ahora, a los “vagos recalcitrantes” de los profesores. Con Aguirre a la cabeza (un ejemplo a seguir en cuanto a cultura general se refiere), se les ha calificado de “privilegiados” e "insolidarios", porque sólo trabajan 18 horas a la semana y enciman montan una revolución cuando se les pide el “esfuerzo” de trabajar un par de horitas más.

Permitidme que rompa una lanza hoy a favor de los docentes. El número de horas que debe trabajar un profesor a la semana es, legalmente, de 37,5 horas semanales, repartidas entre horas lectivas, de atención personalizada a alumnos y de tutorías. Pero no acaba aquí. Siempre son más.
Yo, que he vivido rodeado de maestros, he podido ver cómo la jornada laboral no termina en el centro. Durante muchos años he visto como familiares míos pasaban horas en casa preparando clases, trabajos, corrigiendo exámenes, planificando tareas. Va con el cargo, que se dice...

No nos engañemos. Vagos hay en todas partes. En la Administración pública, en la empresa privada, en el colectivo docente y hasta en la policía nacional. Expertos en el “escaqueo” los podemos encontrar en cualquier sitio.

Pero si escucho las declaraciones de la Aguirre y de la Botella, comparando la “clase” docente con el resto de los funcionarios, que trabajan más, pues como que me parece que huele raro. Huele a maniobra de despiste. Huele a tratar de orientar el cabreo de los ciudadanos hacia un colectivo concreto, para que no seamos conscientes del hecho que se oculta detrás de este ajuste del horario lectivo: prescindir de los interinos necesarios para cubrir, con un mínimo de calidad, la jornada docente.

Y esa maniobra a lo “Chomsky” es lo que me tiene mosqueado. Primero los funcionarios vagos y pérfidos, culpables de que la administración sea un enorme buque inmanejable. Ahora los maestros y profesores, que son unos insolidarios, que disfrutan de unas vacaciones mayores que el resto de los mortales y además “sólo” trabajan 18 horas a la semana. A los funcionarios se les rebajó el sueldo y en varias Comunidades Autónomas se ha paralizado la oferta pública de empleo. Ahora, a los maestros se les incrementan las horas lectivas y dejan de contratarse interinos.

Son recortes necesarios, para que el país vaya bien, para que cumplamos los objetivos que nos dicta Europa, para que la deuda alemana y francesa no pierda su clasificación de triple A. Es por nuestro bien. Aunque podrían escuchar esas voces más sabias que avisan que reducir los puestos de trabajo o poner un techo de endeudamiento no acorde a cada país, pone en peligro la economía, frenando el gasto y el consumo de las familias, lo que nos lleva directamente a una recesión.


En este caso nuestros políticos no piensan en el futuro. Sólo tiene objetivos a corto plazo.

Y mientras tanto, ¿de cuántos cargos ha prescindido la señora Aguirre? Aunque claro, lo mismo nos da, porque una vez pasados dos o tres años, estén en activo o no, van a seguir cobrando lo mismo. Gracias a esta política de blindaje, se da la curiosa situación de que nos es más rentable dejar a los altos cargos donde están. Si se van y son sustituidos por otros, pagaremos dos sueldos: el del que se va, vitalicio, y el del que llega, que será vitalicio también si mantiene su posición unos añitos, Así hay hostias por entrar en tan “exclusivo” club.

Y, mientras tanto, pagamos siempre los ciudadanos de a pie.

Ahora corrige la Aguirre y dice que “quien tiene boca se equivoca”, que cuando habló de 18 horas debía haber aclarado que eran lectivas. Pero el mal ya está hecho. Nuestra no muy culta (pero lista) presidenta no se equivocó. Sabía perfectamente lo que decía. Generaba una inquietud entre las masas. Siempre es preferible que nos enfrentemos entre nosotros a que orientemos nuestras iras hacia ellos, auténticos culpables de lo que está pasando, unas veces por permitirlo, otras por no ser capaces de evitarlo.

Pero no me toquen la educación señores políticos. Ya le han hecho bastante daño con sus reformas. Es una pena ver el nivel de formación y de motivación de nuestra juventud. El Sistema Educativo, con mayúsculas, debe ser el pilar sobre el que se apoyen y se desarrollen las generaciones futuras. Y ustedes lo están destrozando. A lo peor también es necesario, para crear una masa que responda sólo a sus estímulos y les haga la ola cada vez que les lancen hogazas de pan. Y eso, eso tiene un nombre…

En fin. Como también me decían en clase: “Y sobre todo leed, incultos. No permitáis que os sorban vuestras tiernas mentes”.

Pero claro, eran otros tiempos, donde la democracia estaba en pañales y los políticos todavía tenían vocación, una escala de valores y estaban, y se sentían, al servicio público.


P.D: Sra, Aguirre, "más" puede ser un adverbio de cantidad, y lleva tilde, o puede ser una conjunción, con el significado de "pero", y entonces no lleva tilde. Es lo que se conoce como tilde diacrítica. El corrector del Word no es capaz de distinguir con qué significado se está usando el término, por lo que admitirá las dos formas. Dígaselo a sus asesores, porque me resulta muy difícil creer que fue usted misma quien escribió la carta.

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