23 agosto 2011

Reverte: Sobre imbéciles y malvados

Lo ví pasar de refilón, y casi se me escapa. Llegué a él a través de un enlace de mi facebook que ahora no soy capaz de localizar, puñetas. Lo leí con avidez, como suelo leer a Reverte, pero no me bastó con la primera vez, ni con la segunda. Éste cuenta más de lo que dice. Éste es de los que se escribe con los cojones, más que con la cabeza.

La verdad es que lo he madurado, serenamente, con el paso de los días. "Sobre imbéciles y malvados", el último artículo que ha publicado Arturo Pérez Reverte es un texto corto, pero tremendamente denso. Es hiriente, como una daga que se te clava y te obliga a reaccionar, a tomar partido. En una primera lectura uno saca la sensación de que está poniendo a parir al presidente de este santo país, y a su prole, repartiendo mandobles sin ningún tipo de miramientos, como es su costumbre, con el acierto del cazador curtido y avezado. Sin embargo, lecturas posteriores captan algo más profundo.

Hay una insidiosa inquina, una carga de frustación y desengaño para con Zapatero y hacia lo que ha hecho con el Partido Socialista. Hay un cierto tufo a "si te tuviera delante te daba dos hostias, por haber destrozado las ilusiones de mucha gente". Hay un "No te vas de rositas, no..." que sólo Reverte se puede permitir el lujo de poner negro sobre blanco. Hay una maliciosa saña a la hora de llamarle advenedizo, por haber permitido que personas que no están preparadas en absoluto para gobernar este barco se hagan cargo del timón. Hay un "y se va, el tío, y nos deja el país, hecho unos zorros, en manos de sabe Dios qué otros cretinos incultos" que asusta.

Porque, después de volverlo a leer por enésima vez, uno descubre que, tras la siempre extraordinaria prosa de un gran escritor, se encuentra el Manolo, la Juli, el Esteban o el José. Todos aquellos que en su día nos dejamos engañar por lo que creímos que era modestia y acabó siendo lo que parecía: la insensata insconsciencia del que no sabe, de aquél al que la tarea le viene grande. A veces nos negamos a ver lo evidente.

Y ante el no saber, ante el no estar a la altura, curiosamente siempre aparecen dos opciones: la del miedo patológico del que espera que las cosas se solucionen solas y la de la soberbia del "aquí mando yo y esto se hace por mis santos, no vaya a ser que se den cuenta de que no valgo para esto".

Y no está el país para estas diatribas. Se necesitan líderes, capitanes experimentados, como leía el otro día en no sé qué medio, ni tampoco importa, para llevar este barco a buen puerto.
Dios nos coja confesados con los que entran. Porque, después de algunas muestras a lo "elefante en una cacharrería", y viendo esa avidez, esa ansia puta de poder, el hombre que no tiene nada que decir, que no se pringa, que no ofrece confianza ni a sus asesores de imagen, tampoco tiene mucha pinta de tener la preparación adecuada para gobernar este navío en tiempos difíciles. Y eso también me da mucho miedo.

¿Cometeremos dos veces el mismo error? ¿O es que estamos condenados a hacerlo porque ya no hay buenos capitanes y, mucho menos, buenas tripulaciones?

En cierta ocasión que ni siquiera existió, un profesor de ciencias naturales planteó una cuestión a un congresista, candidato a presidente. Las leyes prohibían enseñar religión en las escuelas públicas, pero él sentía la necesidad, como científico, de exponer a sus alumnos, que también eran sus hijos, todo el abanico de posibilidades científicas, desde la Teoría de la Evolución hasta la Teoría del Diseño Inteligente. El problema de ésta última es que no se considera una teoría científica, sino teológica. Y el congresista, un buen capitán, le dijo que comenzara por arriar velas, que siempre hay medios, que se implicara, si no como docente, porque las leyes no lo permitían, al menos como padre, complementando la educación que sus hijos recibían en las aulas. Y que dejara de quejarse y actuara. Que llevara el problema a la Junta del Instituto, y que ésta la trasladara al Gobernador y éste al Congreso. Porque la mejor manera de gobernar un barco es siendo miembro de la tripulación, escupirse en las manos, soltar amarras y largar trinquete. Que la Democracia se crea día a día, con la aportación de todos, no dejando que una panda de piratas y corsarios a sueldo se hagan dueños de todos los caladeros.

Y Reverte, capitán de barco, de eso sabe algo.

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